Que la Paz del Señor esté contigo!

Querida hermana y hermano en Cristo,
En vísperas de una nueva Semana Santa, no podemos otra cosa que meditar profundamente acerca del misterio que estaremos reviviendo a partir del Jueves Santo. Por ser este un momento tan importante para nuestra alma, ya que por este acto de amor heroico hemos sido salvados, no podemos por lo menos no tomarnos unos minutos en nuestros agitados días y meditar y prepararse si se quiere, para este momento.

En el terrible concierto que se despliega alrededor de nuestro Señor, en ese momento misterioso donde el odio toma formas nunca antes vistas y se manifiesta en las mas terribles ofensas que un ser humano pudiera proferir, en los escarnios sistemáticamente aplicados con la intención de causar el mayor dolor posible, en una violencia desenfrenada como nunca se vio descargada en alguna figura humana.

En medio de ese infernal espectáculo, se da la muestra de suprema valentía, de silencio frente a la ofensa, de inquietante mansedumbre en cada golpe recibido… queridos hermanos “es la Pasión”, es el amor llevado a lo mas alto que pueda llegar, es la locura de Dios por amor a nosotros sus indiferentes hijos que lejos de contemplar y acompañar a este despojo humano, aunque sea movidos por la compasión, nos perdemos en vanidades y problemas mundanos que nada agregan a nuestra vida.

Pobre Señor, su mirada triste y ausente, de a ratos pasea por los rostros enardecidos de la turba, El busca un consuelo, tan solo un llanto de compasión por este ser que ya no parece humano. Sin embargo, rostros de odio por doquier levantan sus manos en puño, ¡muerte! Es lo que gritan, un salivazo y otro mas, empapan su rostro desconocido por los golpes y hematomas… Su mirada vuelve al piso, aturdido por la indiferencia y el desamor.

Sin embargo querido hermano, esa mirada trasciende su momento, escapa de ese terrible instante de tormento y viaja en el tiempo, esa mirada cruza la historia como una daga filosa. Esa mirada llega a nuestros dias, en este tiempo, esa mirada se posa sobre vos. En medio del odio del mundo, en medio de la muerte que ronda como ave de rapiña, en medio de todos esos puños cerrados de un mundo que ha decidido crucificarlo nuevamente, nuestro Buen Jesús, triste y desamparado te mira a los ojos y como en aquel momento busca un poco de compasión en vos. Hermano, nuestro Señor posa su mirada sobre vos y espera una respuesta.
Hemos seleccionado como meditación para comenzar a vivir esta Semana Santa de una forma distinta, un extracto del relato de la Pasión, de acuerdo a las visiones de la mística Luisa Picarreta. Hemos querido compartir ese momento tan particular y poco conocido en el que nuestro Buen Jesús se despide de Su Madre. Tal vez este sea el momento en que comienza el camino al Calvario, ambos saben y sienten lo que se avecina, es un Calvario compartido entre Madre e Hijo.
Esperamos que este texto sea de una gran utilidad a vuestras almas, que los mueva a meditar sobre estos instantes sublimes y nos den luz para responder a esa silenciosa mirada tan inquietante que nuestro Señor sostiene con la nuestra en busca de respuesta.

Que el Señor Jesús los bendiga y María Santísima los guarde bajo Su Manto.

De “Las horas de la Pasión” de Luisa Picarreta.
De las 5 a las 6 de la tarde

Jesús se despide de Su Madre.

PRIMERA HORA
Oh Mamá Celestial, ya se acerca la hora de la separación y yo vengo a ti. Oh Madre, dame tu amor y tus reparaciones, dame tu dolor, pues junto contigo quiero seguir paso a paso al adorado Jesús. Y he aquí que Jesús viene y Tú con el alma rebosante de amor corres a su encuentro, pero al verlo tan pálido y triste, el corazón se te oprime por el dolor, las fuerzas te abandonan y estás a punto de desmayarte a sus pies. Oh dulce Mamá ¿sabes para qué ha venido a ti el adorable Jesús? Ah, ha venido para decirte su último Adiós, para decirte una última palabra y para recibir tu último abrazo…

Oh Mamá, me estrecho a ti con toda la ternura de que es capaz éste mi pobre corazón, para que estrechada y unida a ti pueda yo también recibir los abrazos del adorado Jesús. ¿Me desdeñas acaso Tú? ¿No es más bien un consuelo para tu corazón tener un alma a tu lado y que comparta contigo las penas, los afectos y las reparaciones?

Oh Jesús, en esta Hora tan desgarradora para tu ternísimo corazón qué lección nos das, lección de filial y amorosa obediencia para con tu Madre. ¡Qué dulce armonía la que hay entre María y Tú! ¡Qué suave encanto de amor que sube hasta el Trono del Eterno y se extiende para salvar a todas las criaturas de la tierra!

Oh Celestial Madre mía, ¿sabes lo que quiere de ti el adorado Jesús? No quiere otra cosa sino tu última bendición. Es verdad que de todas las partículas de tu ser no salen sino bendiciones y alabanzas al Creador, pero Jesús al despedirse de ti quiere oír esas dulces palabras: “Te bendigo, oh Hijo”. Y este Te Bendigo apaga en sus oídos todas las blasfemias y desciende dulce y suave a su corazón. Y como para poner una defensa ente todas las ofensas de las criaturas, Jesús quiere de ti tus palabras” Te Bendigo…”. Y yo me uno a ti, oh dulce Mamá, y en las alas de los vientos quiero recorrer el Cielo para pedir al Padre, Al Espíritu Santo y a los ángeles todos un “Te Bendigo” para Jesús, a fin de que, yendo a El, le pueda llevar sus bendiciones. Y aquí en la Tierra quiero ir a todas las criaturas y obtener de cada boca, de cada latido, de cada paso, de cada respiro, de cada mirada, de cada pensamiento, bendiciones y alabanzas a Jesús, y si ninguna me las quiere dar, yo quiero darlas por ellas.
Oh dulce Mamá, después de haber recorrido y girado por todo para pedir a la Sacrosanta Trinidad, a los ángeles, a todas las criaturas, a la luz del sol, al perfume de las flores, a las olas del mar, a cada soplo de viento, a cada llama de fuego, a cada hoja que se mueve, al centellar de las estrellas, a cada movimiento de la naturaleza, un “Te Bendigo” vengo a ti y uno mis bendiciones a las tuyas.

Dulce Mamá, veo que recibes consuelo y alivio y ofreces a Jesús todas mis bendiciones en reparación por todas las blasfemias y maldiciones que recibe de las criaturas. Pero mientras te ofrezco todo, oigo tu voz temblorosa que dice: “Hijo, bendíceme también Tú”. Y yo te digo, oh dulce Jesús mío, bendíceme a mí también al bendecir a tu Madre. Bendice mis pensamientos, mi corazón, mis manos, mis pasos y todas mis obras, y bendiciendo a tu Madre bendice a todas las criaturas.

Oh Madre mía, al ver el rostro del dolorido de Jesús, pálido, acongojado y triste, se despierta en ti el pensamiento de los dolores que dentro de poco habrá de sufrir…

Prevés su rostro cubierto de salivazos y lo bendices; su cabeza traspasada por las espinas, sus ojos vendados, su cuerpo destrozado por los flagelos, sus manos y sus pies atravesados por los clavos, y adonde quiera que El está a pinto de ir Tú lo sigues con tus bendiciones… Y junto contigo yo también lo sigo. Cuando Jesús será golpeado por los flagelos, traspasado por los clavos, golpeado, coronado de espinas, en todo encontrará junto con tu “Te Bendigo”, el mío.

Oh Jesús, oh Madre, os compadezco. Inmenso es vuestro dolor en estos últimos momentos, tan inmenso que parece que el corazón del uno arranque el corazón del otro. Oh Madre, arranca mi corazón de la Tierra y átalo fuerte a Jesús para que estrechado a El pueda tomar parte en tus dolores. Y mientras os estrecháis, os abrazáis, os dirigís las últimas miradas y los últimos besos, estando yo en medio de vuestros dos corazones, pueda yo recibir vuestros últimos besos y vuestros últimos abrazos. ¿No veis que no puedo estar sin Vosotros, a pesar de mis miserias y frialdades? Jesús, Madre mía, tenedme estrechada a Vosotros, dadme vuestro amor, vuestro Querer, saetead mi pobre corazón, estrechadme entre vuestros brazos, y junto contigo, oh dulce Madre, quiero seguir paso a paso al adorado Jesús con la intención de darle consuelo, alivio, amor y reparación por todos.

Oh Jesús, junto con tu Madre te beso el pie izquierdo suplicándote que quieras perdonarme a mí y a todas las criaturas por todas las veces que no hemos caminado hacia Dios. Beso tu pie derecho pidiéndote me perdones a mí y a todas las criaturas por todas las veces que no hemos seguido la perfección de Tú querías de nosotras. Beso tu mano izquierda pidiéndote nos comuniques tu pureza. Beso tu mano derecha pidiéndote me bendigas todos mis latidos, mis pensamientos, los afectos, para que recibiendo el valor de tu bendición sean todos santificados. Y bendiciéndome a mí bendice también a todas las criaturas y con tu bendición sella la salvación de sus almas.

Oh Jesús, junto con tu Madre te abrazo y besándote el corazón te ruego que pongas en medio de vuestros dos corazones el mío para que se alimente continuamente de vuestros amores, de vuestros dolores, de vuestros mismos afectos y deseos, en suma, de vuestra misma Vida.

Así sea.